No se decide en un día
La vocación no es un flechazo instantáneo ni una decisión que se toma por presión, sentimentalismo o miedo a perder una oportunidad. Es un proceso.
A veces empieza con una inquietud pequeña. Otras veces con una pregunta que vuelve una y otra vez. Y casi siempre crece en silencio, poco a poco.
No necesitas tenerlo todo claro. Necesitas tiempo, sinceridad y acompañamiento.
Discernir no es forzarse a elegir.
Es aprender a escuchar con honestidad lo que Dios puede estar suscitando en tu interior.
¿Cómo se empieza?
Pregúntatelo
Date permiso para planteártelo de verdad.
Sin bromas, sin evasivas.
Solo tú y la pregunta:
¿Y si esta llamada fuera también para mí?
Rézalo
Lleva esa inquietud a la oración.
Sin discursos perfectos.
Sin frases hechas.
Solo dile a Dios:
“Si eres Tú, ayúdame a entenderlo.”
La oración no siempre da respuestas inmediatas.
Pero va dando luz.
Háblalo
La vocación no se discierne en soledad.
Háblalo con alguien que pueda acompañarte con serenidad y experiencia.
Un sacerdote.
Un acompañante espiritual.
Alguien que no decida por ti, pero que camine contigo.
